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Siento algo, pero no sé exactamente qué siento.

  • 11 mar
  • 2 Min. de lectura

Emprendí un viaje que me llevó lejos de mi querida tierra de Brasil y me condujo al abrazo de los Estados Unidos. Al pisar esta nueva tierra, las diferencias me impactaron como una sinfonía de sentidos. El paisaje arquitectónico experimentó una metamorfosis: las casas de concreto con imponentes portones se transformaron en acogedoras estructuras de madera que parecían invitar a los transeúntes a detenerse y conversar. La atmósfera también cambió, pasando del clima cálido y constante que siempre había conocido, con sus suaves indicios de frescura, a un mundo de estaciones bien definidas, donde el frío del aire parecía penetrar hasta los huesos.


El idioma, que antes era tan familiar como el latido de mi corazón, ahora se sentía extraño en mis labios. Las conversaciones fluían a mi alrededor formando una cadencia musical que me costaba comprender completamente. Incluso el aroma de las calles había cambiado; el olor de las frutas recién maduras fue reemplazado por la fragancia terrosa de los pinos y el susurro de las hojas cayendo al suelo durante la encantadora danza del otoño.


Con estos cambios sensoriales, una multitud de emociones comenzó a brotar dentro de mí, creando un tapiz de experiencias tan complejo como cautivador. Me encontré luchando con lo desconocido, pero en medio de las incertidumbres, una cosa era segura: sentía.


En los días previos a mi partida, cuando compartía mis planes de dejar mi país, recibí una mezcla de reacciones. “¿Cómo te sientes?”, me preguntaban, y yo luchaba con la pregunta, sin saber cómo expresar el caleidoscopio de emociones que se agitaba dentro de mí. Había, sin duda, entusiasmo, pero también una aprensión subyacente que no lograba poner completamente en palabras.


En el aeropuerto, rodeada de mi familia entre lágrimas, sentí profundamente el peso de mi decisión. Los abrazos que intercambiamos no eran solo físicos; llevaban consigo la fuerza del vínculo y el anhelo por lo familiar. Mientras me alejaba de ellos, dejé que las lágrimas fluyeran. El vacío en mi estómago ahora reflejaba el vacío que sentía en ese momento. No solo estaba dejando un lugar atrás, estaba dejando una parte de mi corazón.


Sin embargo, en medio de los desafíos y contrastes, aprendí que es en lo desconocido donde descubrimos quiénes somos realmente. El viaje fue una cacofonía de emociones, a veces abrumadora, pero siempre auténtica. Descubrí que abrazar lo desconocido también significa abrazar la complejidad de nuestras propias emociones, permitiéndonos sentir profundamente, incluso cuando las sensaciones son difíciles de definir.


Este camino iluminó una verdad: el autoconocimiento es un viaje sin un final definitivo. Se trata de aceptar la fluidez de nuestras emociones y experiencias, encontrar fortaleza en los momentos de vulnerabilidad y reconocer que, en medio de las diferencias entre dos tierras, existe un hilo común que nos une a todos: la capacidad de sentir y la resiliencia que nace de ello.


Samara Volodin Muniz

 
 
 

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SAMARA MUNIZ - fundo transparente - Psychology marrom.png

Terapia Especializada em Trauma e Multiculturalismo, e Avaliação Psicológica de Imigração em Boston,  Massachusetts.

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